COLUMNA:   FABIÁN TISCORNIA

 

Hoy vamos con un análisis titulado: La “inflación Maracaná” y una economía que se enfría, dos caras de la misma moneda.

Tenemos una inflación históricamente baja y una economía que se enfría y un gobierno que responde con medidas concretas para no caer en la trampa del estancamiento prolongado. Arrancamos con el dato más fresco y contundente que todos estamos sintiendo en el bolsillo: la inflación de los últimos 12 meses a febrero 2026 fue de 3,11%.

Es el nivel más bajo desde 1950 (cuando en el año fue 2,2%). Esto es bueno para el bolsillo, porque el salario, la jubilación o pensión tiene más poder de compra. Parece ser muy positivo para la economía, pero vamos a ver que hay matices.

Vamos al corazón del asunto: por qué una inflación tan baja puede convertirse en un problema serio. No es que 3,11% sea malo en sí mismo; al contrario, protege el bolsillo y da confianza sobre la moneda, el peso uruguayo. El riesgo aparece cuando ese descenso es tan rápido y está por debajo de la meta (4,5%) y genera un círculo vicioso con la actividad económica.

Miren paso a paso cómo funciona en la práctica, como un engranaje que se retroalimenta: Primero, la gente ve que los precios no suben (o incluso imagina que pueden bajar un poquito más) y empieza a postergar compras. “¿Para qué compro el auto, el televisor, la heladera si el mes que viene puede estar más barato por el efecto combinado de menor inflación y baja del dólar?”.

Ese comportamiento psicológico reduce el consumo. Las empresas venden menos, acumulan stock en los galpones, recortan producción y frenan inversiones nuevas. Tercero, como hay menos demanda, las empresas no pueden subir precios aunque quieran (hay rigidez a la baja en los precios).

Resultado: la inflación baja todavía más, la economía se enfría más, y el círculo se cierra.

Exactamente eso es lo que pasó en el segundo semestre del 2025: recesión técnica al caer la actividad dos trimestres consecutivos (en el tercero y cuarto) y en el año, según el IMAE (Indicador Mensual de Actividad Económica) creció en promedioen 2025 1,8%-2%, por debajo del 2,6% que proyectó el gobierno.

Las pymes, el comercio minorista y la construcción (que viven del consumo interno) fueron las más golpeadas. Es un feedback negativo clásico: baja inflación genera menos actividad, y menos actividad genera inflación todavía más baja. Si no se interrumpe a tiempo, puede derivar en estancamiento prolongado.

¿Y cómo pega esto directamente en salarios y empleo? Salarios: en términos reales (descontada la inflación) ganan poder adquisitivo. Pero si la actividad sigue baja, las empresas pueden llegar a ajustar plantillas para sobrevivir.

Empleo: menos consumo y menos inversión significan menos contrataciones. Las pymes y el comercio son los primeros en resentirlo, y el desempleo (que venía bajando) puede estabilizarse o subir ligeramente si no se reactiva la demanda interna.

Esto no es teoría abstracta: pasó en otros países y también en la propia historia de Uruguay.
Ejemplos históricos claros para entender el riesgo: Japón y sus “décadas perdidas” (desde los 90 hasta los 2010): después del estallido de la burbuja inmobiliaria y bursátil, entró en deflación. La gente postergaba todo, el consumo y la inversión se desplomaron, el crecimiento se estancó en torno al 1% anual durante años y los salarios se congelaron o bajaron. El desempleo subió y aparecieron los trabajadores precarios. El Banco de Japón reaccionó tarde (tasas a cero en 1999 y quantitativeeasing masivo). Lección: si esperás demasiado, el círculo vicioso se vuelve durísimo de romper.

Zona Euro en 2014-2016: la inflación bajó peligrosamente cerca de cero por la caída del petróleo y debilidad económica. La gente y las empresas frenaban gasto. Mario Draghi respondió fuerte: tasas negativas, préstamos baratos a bancos y compra masiva de activos. Evitaron la deflación total y reactivaron la demanda.

Y en Uruguay mismo, la última vez que tuvimos inflación tan baja: en 1949-1950 (deflación de -1,83% en 1949 y alrededor del 2,2% en 1950). Poco después, desde mediados de los 50, la economía entró en un largo estancamiento que duró casi 20 años (hasta 1972): crecimiento del PIB casi nulo, agotamiento del modelo de sustitución de importaciones, menor consumo e inversión, aumento del desempleo y fuerte presión sobre los salarios reales.

Después la inflación explotó (llegó al 48% en 1959 y más del 100% en los 60) se pasó a una política de congelación de precios y salarios, intervención estatal, pero el daño del enfriamiento inicial ya estaba hecho. Fue el clásico círculo vicioso sin estímulo a tiempo.

Ahí entran las medidas del gobierno uruguayo para romper este círculo. El Banco Central, con Guillermo Tolosa al frente, ya lleva siete bajas consecutivas de tasas. La última, anunciada elmartes, fue de 75 puntos básicos y dejó la Tasa de Política Monetaria en 5,75% (acumula 350 puntos de recorte desde julio 2025). En criollo: el crédito se abarata. Esto busca que las familias consuman más, las empresas inviertan más.

El Ministerio de Economía y Finanzas complementa con compras de dólares a futuro, financiamiento en pesos y señales para evitar que el dólar se hunda demasiado (porque un dólar muy bajo perjudica la competitividad de las exportaciones). Todo apunta al mismo objetivo: reactivar la demanda sin descontrolar precios.

¿Cuáles son los impactos esperados en la teoría?

Para las familias y el consumo: tasas más bajas significan cuotas más accesibles. Si tenés un préstamo personal o pensás comprar auto, electrodomésticos o incluso refaccionar la casa, los créditos se reducen. Eso libera plata en el bolsillo y la gente vuelve a consumir. En el corto plazo (próximos 3-6 meses) se nota en el comercio minorista y durables.

Para las empresas y la inversión: el crédito barato reduce el costo de financiamiento. Las pymes pueden tomar préstamos, comprar maquinaria o aumentar stock sin que las cuotas las ahoguen. Eso debería generar más proyectos, más producción y, fundamentalmente, más contrataciones, aunque inciden otros factores.

Para el empleo: lLas pymes y el comercio, que fueron los más golpeados por el enfriamiento del segundo semestre 2025, deberían empezar a estabilizar sus plantillas. El desempleo, que venía bajando pero se frenó, puede retomar la baja.

Para los salarios: con más demanda, los salarios reales (ya ganando por la inflación baja) se benefician doble: primero por el poder adquisitivo y segundo por mayor crecimiento económico. Jubilados y pensionistas también sienten el efecto indirecto vía mayor actividad.

Para la inflación y el equilibrio general: el BCU quiere que suba suavemente hacia la meta 4,5%. No que explote, sino que vuelva a un nivel “normal” que evite expectativas deflacionarias. Eso rompe el círculo vicioso sin generar presiones nuevas.

Para exportadores y el dólar: las medidas del MEF evitan que el peso se aprecie demasiado. Un dólar más mantiene la competitividad de carne, soja, turismo y servicios, lo que ayuda al crecimiento por el lado externo.
Para las finanzas públicas: más actividad significa más recaudación (IVA, IRPF, impuestos a las empresas) y menos presión sobre el gasto social.

Riesgos y qué mirar: si el estímulo es demasiado fuerte, la inflación podría subir más rápido de lo deseado; si es insuficiente, el estancamiento persiste. Por eso el BCU sigue monitoreando.
Los próximos meses clave: tendremos el dato del PIB el 24 de marzo, los datos de empleo del INE, la inflación de marzo y el comportamiento del dólar.

En síntesis, el gobierno de Yamandú Orsi por un lado celebra la inflación histórica del 3,11% (que protege salarios reales como nunca) pero actúa para que esa buena noticia no termine en estancamiento japonés, europeo o… como el que vivimos nosotros en los 50-70. Baja de tasas + señales en el dólar: la receta que Uruguay quiere aplicar a tiempo para no repetir su propio pasado.

¿Va a funcionar? Los datos de los próximos meses lo dirán. Mientras tanto, la señal es clara: dinero más barato para volver a crecer sin perder el control sobre los precios.