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EL NEGRO RADA — PERFIL Y HOMENAJE
I. Palermo, la tuberculosis y el complejo de ser negro
Victoria: Omar Rubén Rada Silva nació el 16 de julio de 1943, segundo hijo de Carmen María Silva y Raúl Rada. Su madre era brasileña, había llegado a Montevideo desde Santana do Livramento a fines de los años treinta, junto a su propia madre, que se había separado y cruzó la frontera con sus cinco hijas para que trabajaran como empleadas domésticas. Por eso en la casa de la infancia de Rada se hablaba portugués, y su madre cantaba en una escola de samba. Contaba, con cariño, que fue justamente su tía la que le insistió con que cantara, y que ella recordaba que faltando veinticinco días para que él naciera, ya andaba cantando.
Leo: Pasó buena parte de su niñez en una pieza de la calle Daseglio, en pleno Barrio Sur. Vivía ahí con su madre, su tía —que eran mellizas—, sus hermanos y sus primos: siete personas amontonadas bajo un techo de cinc que goteaba cada vez que llovía.
Fabián: A los dos años, su padre abandonó la familia. Poco después, Rada contrajo tuberculosis, y pasó casi dos años internado —entre 1945 y 1947— en un hospital a las afueras de Montevideo, aislado junto a otros enfermos porque en esa época, contaba él, la tuberculosis daba el mismo miedo que después daría el sida. Todavía no existía la penicilina en Uruguay: lo curaban con inyecciones de calcio, aceite de bacalao y oxígeno natural, mientras veía morir a compañeros de sala mucho más grandes que él.
Bicho: Salió de esa. Y salió con una energía que ya no lo abandonó nunca más.
Victoria: De chico, contaba, se escapaba de la escuela para ir a jugar al fútbol: se sentaba cerca de una ventana y su hermano mayor le hacía señas desde afuera, con una caña de pescar, agitando un cartelito que decía «te estamos esperando». Rada esperaba que la maestra se diera vuelta y se tiraba por la ventana sin pensarlo dos veces. Lo echaron de una escuela a la mañana, y de otra a la tarde. No era, admitía entre risas, un gran alumno.
Leo: También recordaba, con menos gracia, el racismo que atravesó su infancia y su juventud: gente que cruzaba de vereda de noche al verlo, trabajos que le negaban por el color de piel, bailes a los que directamente no lo dejaban entrar. Contaba que la música, en ese sentido, también lo salvó a él: siendo muy joven, cuando no lo dejaban entrar a bailar por ser negro, encontró en cantar y tocar el lugar que otros espacios le cerraban. Esa herida, decía, lo irritaba profundamente de gurí. Con los años, sin embargo, convirtió esa misma palabra —negro— en una bandera, y llegó a decir, ya con ochenta y un años, que para él esa palabra era maravillosa.
II. La otra pasión: Peñarol y la pelota
Fabián: Antes que músico, Rada quiso ser futbolista. Vivía a pocas cuadras del Estadio Centenario y se pasaba el día jugando en la cuadra de su casa con primos, hermanos y amigos. Contaba que una de las imágenes más felices de toda su infancia fue el día en que su madre y su tía hicieron un esfuerzo enorme para regalarle, en Reyes, el equipo completo de Peñarol: short, medias y camiseta.
Bicho: A los quince años se probó en un club. Le hicieron la ficha médica y ahí apareció la secuela de la tuberculosis: una mancha en el pulmón que le cerró cualquier chance de ser futbolista profesional. Como no se sabía bien de dónde venía esa marca, no lo pudieron fichar. Y ahí, decía él, dejó de insistir con el fútbol y empezó a juntarse cada vez más con los músicos.
Victoria: Como hincha, eso sí, nadie le ganaba. De chico se colaba en el Centenario trepando árboles, porque nunca tuvo plata para pagar una entrada, y hasta abría puertas de taxis a cambio de unas monedas. Contaba que vivió cinco años seguidos viendo salir campeón a Peñarol, con Máspoli, con Obdulio Varela, con Ghiggia. Y que, viviendo más de veinte años cerca del Centenario, cuando todavía no era famoso, iba caminando a ver también a Nacional, a Defensor, a Rampla o a Cerro, con tal de comerse un chorizo en cualquier cancha.
Leo: Guardaba, además, un cariño especial por Diego Maradona, a quien iba a ver jugar en Buenos Aires cuando el Diez todavía estaba en Argentinos Juniors. Para Rada, Maradona no era solamente el mejor futbolista que vio en una cancha: lo ponía al lado de Picasso, de Gardel, de los grandes artistas populares.
III. Los Hot Blowers: trajes de lamé y noches de locura
Fabián: En 1958, con apenas quince años, Rada debutó como vocalista de Los Hot Blowers, una banda de jazz dixieland donde ya estaba Cacho de la Cruz, futura estrella de la comedia uruguaya, junto a Federico García Vigil, Ringo Thielmann, Daniel «Bachicha» Lencina y los hermanos Fattoruso. Tocaban Dixieland, temas de Louis Armstrong, de Benny Goodman.
Bicho: De esa época contaba una anécdota que pinta de cuerpo entero a todo el grupo: tocaban disfrazados con trajes de lamé en el boliche I’Marangatú, en Punta del Este. Una noche terminaron el show y se largó a llover. Se desnudaron todos ahí mismo y salieron corriendo en calzoncillos por los canteros de Punta del Este junto a Cacho de la Cruz y Bachicha Lencina; cada vez que pasaba un auto se tiraban al piso gritando «¡cuerpo a tierra!». A la mañana siguiente, contaba entre risas, se ponía un casco de moto y se subía a una garita a dirigir el tránsito, sin que nadie se lo pidiera. «Hacíamos cualquier cosa», decía, «pero fue bueno todo».
Victoria: Ahí conoció también a otros músicos del ambiente del jazz montevideano, gente con la que después construiría buena parte de su carrera.
IV. El Kinto, Eduardo Mateo y el nacimiento del candombe beat
Leo: El quiebre llegó en 1965, cuando se juntó con Eduardo Mateo. Rada contaba que iba todas las mañanas a la casa de Mateo, en la calle Estivao, y que ahí componían varias canciones por día, muchas de las cuales después se perdieron. Con esa dinámica armaron El Kinto, la banda que inventó lo que hasta entonces no existía: el candombe beat, cruzando el rock, la bossa nova y el candombe de comparsa.
Fabián: La primera canción que presentó en El Kinto fue «Qué me importa», su primer rocanrol. Pero el éxito que lo cambió todo llegó en 1969, con «Las Manzanas». Rada contaba el origen de esa canción como una escena casi cinematográfica: volvía de un viaje a Perú, donde había estado tocando por necesidad —comiendo sardinas y cebolla para ahorrar unas monedas—, se enteró de que El Kinto estaba tocando en el teatro El Galpón, caminó y caminó por Montevideo, bajó hasta la playa Ramírez y volvió transpirado con la idea ya armada en la cabeza. Se juntó con Mateo en el fondo del teatro, compusieron el tema ahí mismo, y esa misma noche ya tuvo que cantarlo tres o cuatro veces seguidas ante el público. En otra versión de esa misma historia, contaba simplemente que había ido a caminar por la rambla y había vuelto con la canción hecha. Fue el primer gran éxito del candombe-beat, y le abrió la puerta a su carrera solista: ese mismo año grabó su primer disco y viajó a representar a Uruguay en el Festival de la Canción Popular de Río de Janeiro. Con los años, llegó a decir que «Las Manzanas» fue la canción que le dio de comer toda la vida.
V. Tótem, la dictadura y el exilio
Bicho: En 1970 se sumó a Tótem, banda armada por Eduardo Useta, con Enrique Rey en guitarra y Chichito Cabral en percusión. Rada recordaba el día que se sumó, vestido con un pantalón y chaleco negro, cuello mao, un bastón lleno de tachuelas de pandereta: contaba, riéndose, que parecía un brujo. De esa etapa nacieron canciones como «Dedos», «Biafra», «Mi Pueblo» y «Orejas». Rada solía comparar ambas bandas de una manera muy suya: decía que Tótem te volaba la cabeza, pero que El Kinto te arrancaba el corazón.
Victoria: Esos fueron también los años de la dictadura militar uruguaya, que empezó a censurar a los artistas. Rada contaba que con Tótem había que escribir las canciones con mucho cuidado, para que no se dieran cuenta de lo que en realidad estaban diciendo, porque si no, según sus palabras, «íbamos todos en cana». «Biafra» fue una de esas canciones: un candombe explosivo con una letra que pedía pensar en la gente y no en las banderas, disfrazado detrás de un ritmo que parecía solo para bailar.
Leo: Con Tótem tenía programado, justamente, un reencuentro para este octubre, que ya no va a poder ser.
Fabián: Llegó también el exilio. Rada se instaló en Buenos Aires, donde en 1971 se sumó al elenco original de la versión argentina del musical Hair, en el Teatro Argentino, junto a artistas como Valeria Lynch y Horacio Fontova. De esos años recordaba una anécdota entrañable: cuando volvió de hacer Hair a Montevideo, con el pelo distinto y ropa poco habitual para la época, pasó por el boliche de jubilados donde se había criado jugando a las bochas. Sus viejos amigos, al verlo así, le cantaron la canción de Alfredo Zitarrosa que dice «no te olvides del pago si te vas a la ciudad», y contaba que eso lo hizo bajar a tierra enseguida.
Bicho:En los años ochenta se radicó en Buenos Aires, donde grabó discos como La Banda, La Rada, En Familia y La Cosa Se Pone Negra, con temas que se volvieron clásicos como «Rock de la Calle» y «Candombe para Gardel», además de sumarse por un tiempo al grupo de jazz Explossion y grabar junto a LittoNebbia y Hugo Fattoruso.
[CORTINA: «Dedos» de Tótem, 8 segundos]
VI. Estados Unidos, Opa y el reconocimiento internacional
Fabián: A mediados de los setenta, Rada grabó con Opa, el grupo de los hermanos Fattorusojunto a Ringo Thielmann, en Estados Unidos. De ese cruce salió, en 1977, el disco Magic Time, considerado el trabajo más sofisticado de fusión entre candombe y jazz-rock de toda su carrera, con temas como «Montevideo», «MindProjects» y «Malísimo».
Victoria: Fue en esos años cuando el mundo empezó a prestarle atención. Paul McCartney, Peter Gabriel y el brasileño Milton Nascimento se contaban entre sus admiradores. John Lennon quedó asombrado al escucharlo. Y Rada colaboró con Jon Anderson, el cantante de Yes, en el disco «Deseo» de 1994.
Leo: A fines de los noventa se instaló en México, donde trabajó como productor y arreglista, y llegó a ser telonero de Sting y de UB40, hasta que en 1995 volvió definitivamente a Montevideo.
VII. Telecataplúm: el otro oficio
Fabián: Pero reducir a Rada a la música sería quedarse con la mitad de la historia. A fines de los años cincuenta, de la mano de Cacho de la Cruz, se sumó a la televisión: primero en El Show del Mediodía, y después en Telecataplúm, el mítico programa humorístico uruguayo que también fue éxito en Argentina. Ahí hacía imitaciones y personajes cómicos, entre ellos un recordado Otelo en clave de comedia.
Bicho: Su alter ego televisivo, «RichieSilver», se volvió tan popular que la gente lo paraba en la calle para pedirle autógrafos antes por ese personaje que por su propia música. Cuando la moda de RichieSilver se apagó, Rada llamó a Cacho de la Cruz y, entre risas, le avisó que RichieSilver había «muerto».
Victoria: Años más tarde, cuando conducía un programa infantil, mantenía un peinado bien particular, el pelo parado y teñido de rojo. Contaba, con su humor de siempre, que se lo hacía él mismo cada dos o tres días, con una grasa que compraba en Estados Unidos, y que como su pelo era naturalmente enrulado, apenas lo paraba quedaba así, derecho, sin necesidad de mayor esfuerzo.
Leo: Décadas después, en 2006, resucitó al personaje de RichieSilver con un disco homenaje a sus primeros años de rock, que le valió el Premio Gardel 2007 como artista rock revelación. Rada bromeaba diciendo que los argentinos, por suerte, habían entendido el chiste.
Fabián: Su costado actoral no se apagó nunca. En 1986 interpretó al personaje del negro Crispín en la obra «Amores Artigas», con música de Hugo Fattoruso. Participó en telenovelas como Gasoleros (1998), La Oveja Negra (2007) —donde interpretó a un músico de vida desordenada— y Porque Te Quiero Así (2010). Condujo programas como El Teléfono, Décadas y Es Tu Sentido. Y hasta le puso la voz a Frozone, el personaje de Los Increíbles, en el doblaje argentino de la película.
VIII. Los discos, los premios, el legado
Bicho: A lo largo de más de seis décadas de carrera, Rubén Rada llegó a editar más de cuarenta discos. Su álbum Montevideo, grabado en Nueva York a fines de los noventa, alcanzó el disco de platino en Uruguay y se editó también en Argentina, Japón, Francia, Italia, Suecia, Alemania y Estados Unidos.
Victoria: En noviembre de 2011 recibió el Grammy a la Excelencia Musical, un reconocimiento a toda su trayectoria, que se celebró con el lanzamiento de una antología llamada «Rada, El Álbum Negro: 50 obras maestras».
Leo: En 2014 llegó otro de sus grandes hitos: el disco Tango, Milonga y Candombe, que obtuvo Disco de Oro y Platino en Uruguay. Dos años después, en los Premios Graffiti de 2016, se llevó tres estatuillas por ese mismo trabajo: mejor álbum conceptual, mejor álbum instrumental-fusión-worldmusic y mejor álbum de tango alternativo. Esa misma noche, su hija Julieta Rada fue reconocida como mejor nueva artista pop por su disco debut «Corazón Diamante».
Fabián: En 2008, cansado, había anunciado que dejaba los escenarios. Le dijo a un diario porteño que tenía sesenta y cinco años y venía de cinco shows seguidos, y que eso ya era demasiado. El retiro, por suerte para todos, no le duró demasiado: volvió a subirse a un escenario una y otra vez durante casi dos décadas más.
Bicho: Sobre el paso del tiempo y los escenarios, contaba con humor que él «canta cualquier cosa» sin problema, a diferencia de otros colegas que se niegan a tocar siempre el mismo éxito.
Victoria: De esos años quedó también una de sus anécdotas más recordadas: la del cumpleaños de su amigo «el Lobo»Nuñez, fabricante de tambores. Ya pasada la medianoche, cuando Rada estaba por irse porque el festejo se había hecho largo, golpearon la puerta y apareció, sin que nadie lo esperara, MickJagger. El Lobo lo recibió como si nada, lo abrazó, y terminaron tocando «Satisfaction» al ritmo del candombe, con Jagger entusiasmado por ese groove que nunca había escuchado así. Después, cuando el músico de los Rolling Stones pidió agua, se la dieron directamente de la canilla del baño, con un poco de hielo. Jagger se la tomó sin problema. Rada se reía contando que, a los pocos días, apareció alguien que quería comprarle «el agüita» a su amigo.
IX. La familia, la música que sigue
Bicho: Esa es otra parte central de su historia: la familia. Sus hijos Matías, Julieta y Lucila Rada siguieron cada uno su propio camino en la música y en los medios, y en 2023 padre e hija —Julieta— compartieron rol de jurado en La Voz Kids Uruguay.
Victoria: También habló muchas veces de por qué, pudiendo vivir en cualquier parte del mundo, elegía quedarse en Uruguay: decía que si él se iba, y se iba Hugo Fattoruso, y se iba toda la juventud con talento, el país se quedaba vacío. Se definía, con cariño, como un fanático de Uruguay que no concebía irse del todo. Y contaba, sobre su propia identidad partida entre dos orillas, que su corazón estaba dividido entre Uruguay y la Argentina, los dos países que lo habían hecho.
X. Cierre: el homenaje que ya había empezado
Leo: El 18 de octubre de 2024, la Junta Departamental de Montevideo ya le había rendido homenaje en vida, con una baldosa a su nombre en el Espacio de los Soles, en la peatonal Sarandí. Ese día, frente a cientos de personas que hicieron fila para sacarse una foto con él, Rada pidió que en vez de su propia música le pusieran algún gol de Peñarol, y se puso a recordar a los campeones de América de 1966. Hasta el final, el candombe y la camiseta aurinegra caminaron juntos en su vida.
Fabián: Hoy, apenas unas semanas después de una nueva actuación pública —el 25 de julio pasado, acompañando a su hijo Matías—, y con nuevos proyectos en marcha, incluido un ciclo llamado «¿Quién va a cantar?» en Youtube con músicos, la voz de Rubén Rada se apagó.
Bicho: Deja una obra que va del jazz al rock, del tango al candombe, de la murga de barrio a los escenarios de medio mundo. Deja hijos que siguen cantando. Y deja, sobre todo, la certeza de que el candombe, ese ritmo que él mismo consideraba el mejor legado que los africanos le dejaron a América Latina, va a seguir sonando en cada tambor en cualquier esquina de Montevideo.
Fabián: Así evaluaba Ruben Rada cómo ha sido su vida.
Fabián: Y para el negro Rada, lo más importante de toda su carrera musical era haber entrado en la gente.
Foto: Gub.uy







