COLUMNA:  FABIÁN TISCORNIA

 

En la película animada Los Croods (2013), la familia prehistórica liderada por Grug vive bajo un mantra inflexible: «Lo nuevo es malo». Su supervivencia depende de rutinas estrictas, repitiendo los mismos patrones día tras día, y refugiándose en una caverna al atardecer para evitar cualquier cambio o riesgo externo.

Esta metáfora de resistencia al progreso resuena hoy en Uruguay, donde discusiones «aldeanas» –es decir, debates locales y parroquiales– dominan la agenda pública, como los conflictos en Conaprole y el puerto de Montevideo.

Mientras tanto, el mundo avanza hacia un «nuevo orden mundial», graficadoen discursos recientes de líderes como el primer ministro canadiense Mark Carney y el secretario de Estado estadounidense Marco Rubio, quienes advierten de una ruptura global y llaman a reinventar alianzas y estructuras.

Esta comparación no es casual: al igual que los Croods se atrincheran en su caverna por miedo al exterior, Uruguay parece encapsulado en conflictos internos que priorizan lo inmediato, lo banal, sobre lo transformador. Pero, ¿puede un país como Uruguay permitirse ignorar el sismo geopolítico global?

En Los Croods, el patriarca Grug insiste en que cualquier desvio de la rutina lleva al desastre. «¡Sigan las reglas o mueran!», grita, simbolizando un conservadurismo que prioriza la seguridad sobre la innovación. En Uruguay, esta mentalidad se refleja en disputas laborales y sectoriales que, aunque válidas en su reclamo de derechos, perpetúan ciclos de inestabilidad y discusiones de temas que no le cambian la vida a los uruguayos, aislando al país de oportunidades globales.

Tomemos el caso de Conaprole, la principal cooperativa lechera del país. Semanas atrás la empresa anunció el cierre definitivo de su centro de distribución en Rivera tras nueve meses de conflictos sindicales, argumentando caídas en la producción de leche fresca y medidas gremiales intermitentes.

El sindicato Asociación de Obreros y Empleados de Conaprole (AOEC) respondió con paros de 24 horas, generando advertencias de faltantes de productos lácteos durante el Carnaval.

El gobierno, a través del Ministerio de Trabajo, medió sin resolver el fondo: un tira y afloje que incluye desperdicio de leche en tambos y amenazas al futuro de la cooperativa. Al punto que el próximo miércoles la denominada asamblea de los 29 de productores de Conaprole evalúa tomar decisiones como la de cerrar la fabricación de lados (una línea de negocio con escasa o nula rentabilidad) o incluso han barajado la posibilidad de tercerizar el Complejo Industrial Montevideo, la planta de producción lechera más grande de la región.

Para tener una idea, en 2023 Conaprole instaló una nueva planta de termizado –tratamiento térmico aplicado a leche cruda para reducir microorganismos– que todavía no se puso en funciones.

Como en la caverna de los Croods, aquí prima la repetición: paros, negociaciones fallidas y un enfoque en lo local que ignora cómo la globalización podría expandir mercados, como el reciente acuerdo de Conaprole con la china Yili para impulsar exportaciones.

Similar es el conflicto en el Puerto de Montevideo, epicentro de tensiones en 2025. El Sindicato Único Portuario y Ramas Afines (SUPRA) paralizó operaciones en la Terminal Cuenca del Plata (TCP), operada por la belga KatoenNatie, protestando contra herramientas digitales que optimizarían la logística el año pasado.

Los paros causaron pérdidas millonarias de al menos 60 millones de dólares para los exportadores. Aunque se alcanzó un acuerdo en octubre de 2025 tras casi un mes de disputa, el conflicto ahora es en el marco de los Consejos de Salarios con el Centro de Navegación, centrado en la demanda de jornales asegurados –un mínimo garantizado de días de trabajo mensuales pagos.

Los trabajadores de TCP iniciaron un paro de 24 horas el 16 de febrero, al día siguiente lo mismo ocurrió en Montecon y Luckymont. El reclamo inicialera de 13 jornales, aunque el sindicato ajustó la propuesta a 9 en busca de un acuerdo.

Para los exportadores es una situación insostenible y agotadora, según resumía el vicepresidente de la Unión de Exportadores, Facundo Márquez a El País.

El Ministerio de Trabajo interviene para mediar, mientras el Centro de Navegación propone una comisión bipartita para discutir el régimen escalonado.

Estos debates aldeanos, aunque importantes para esos grupos, actúan como una caverna: protegen lo conocido pero bloquean la adaptación. Mientras Uruguay lidia con conflictos sindicales, empresas que no pueden implementar inversiones, políticos que discuten un contrato de dos lanchas patrulleras, el mundo–como el innovador Guy en Los Croods– tiene otras condiciones para navegarhacia cambios mayores, que no van a esperar.

En el panorama global, líderes como Mark Carney y Marco Rubio diagnostican una «ruptura» en el orden mundial establecido post-Segunda Guerra Mundial. En su discurso en el Foro Económico Mundial de Davos el 20 de enero de 2026, Carney, primer ministro de Canadá, declaró: «Estamos en medio de una ruptura, no de una transición. Las grandes potencias han comenzado a usar la integración económica como armas, los aranceles como palancas, la infraestructura financiera como coerción».

Carney instó a «potencias medianas» como lo es Canadá a rechazar la «nostalgia» y construir un nuevo orden basado en soberanía, resiliencia y realismo, criticando el viejo sistema por su aplicación asimétrica. En paralelo, forja alianzas como una nueva asociación estratégica con China, enfocado en multilateralismo y comercio diversificado.

Por su parte, Marco Rubio, secretario de Estado de EE.UU., en su alocución en la Conferencia de Seguridad de Múnich el 14 de febrero de 2026, proclamó: «El viejo orden mundial ya no existe». Rubio enfatizó revitalizar la «civilización occidental» mediante soberanía, reindustrialización y «paz a través de la fuerza», rechazando un «mundo sin fronteras» y llamando a una «nueva centuria occidental».

Criticó el «delirio» posguerra fría de que el comercio solo bastaría para la paz, y llamó a generar alianzas transatlánticas basadas en intereses mutuos, no en instituciones obsoletas.

Ambos discursos convergen en un punto: el fin del «orden basado en reglas» –un término que Rubio califica de «sobreusado»– y la necesidad de adaptarse a un multipolarismo sin multilateralismo pleno, como señala el Informe de Riesgos Globales 2026 del Foro Económico Mundial.

Carney propone un «tercer camino» para potencias medianas, mientras Rubio apuesta por un renacimiento occidental, incluyendo a Europa pero con reciprocidad.

Uruguay, con su estabilidad política y social podría emular a Eep, la hija curiosa de los Croods, que abraza lo nuevo para sobrevivir. Dejar de poner el foco en conflictos como los de Conaprole y el puerto y discutir el nuevo orden mundial para ir hacia otro paradigma: expandir exportaciones, atraer inversiones.

En un mundo donde Carney y Rubio marcan el pulso de un nuevo orden, Uruguay no puede refugiarse en debates aldeanos. Como en Los Croods, el verdadero peligro no es lo nuevo, sino quedarse atrás. El desafío es claro: salir de la caverna y unirse al debate global, o arriesgarse a la obsolescencia.

En este contexto, Uruguay debería estar debatiendo activamente su posicionamiento en el nuevo orden mundial, discutiendo alianzas con potencias medianas como las propuestas por Carney –focalizadas en soberanía económica y resiliencia ante el uso de la economía como arma– o evaluando un alineamiento más estrecho con el «renacimiento occidental» de Rubio, que enfatiza la reindustrialización y alianzas basadas en intereses mutuos.

Esto es especialmente urgente en un panorama de bajo crecimiento económico, donde la economía uruguaya habría crecido en torno a 2% en 2025 y arrastra una década de expansión promedio anual de 1%.

Sin elevar la mirada al horizonte global, estos conflictos locales no solo perpetúan la rutina, sino que agravan la situación del país.