Hace más de diez años que conozco a Martín Kesman. Desde que lo vi por primera vez me pareció un tipo con una energía especial. No éramos amigos, pero nos cruzábamos en los pasillos de una Universal de antaño, en mis comienzos radiales en la Oral Deportiva de la noche.

Aún sin conocerme, aparecía con su mate y saludaba con la simpatía de alguien que demuestra afecto. Recuerdo que siempre daba algún consejo u opinión para mejorar en ese fango de nerviosismo y dudas en el que transitaba por entonces.

Tenía todo para ponerse en el papel de “estrella”. Por su apellido, por ser el hijo del mejor relator, porque ya en ese momento era una persona reconocida en los medios. Su currículum cotizaba alto en el mercado laboral, pese a tener «veinti» tantos por aquellos años. Sin embargo, era uno más.

Si la nota la hacíamos en ese momento, es probable que en estas líneas estuviese describiendo las características del boliche capitalino que hubiese servido de escenario para esta charla. Con música de fondo, algo para tomar sobre la mesa y vaya uno a saber en qué hora.

EL REENCUENTRO

Pero el paso del tiempo hizo que hoy me reencontrara con un Martín distinto en ciertos aspectos, fortalecido en tantos, y mucho más maduro en algunos otros. Pero todo no cambió.

Hay cosas que permanecen intactas; como si fuera una reina de Carnaval recién elegida, desfiló por todos los rincones de la radio que conoce a la perfección para saludar a cada uno de los forman parte de esta familia. Porque así lo siente desde que de niño venía a jugar a apretar perillas y a sentirse “grande” a la par del trabajo de su padre.

Después de quince minutos de espera, y casi como un déjà vu, después de mucho tiempo volví a encontrarme al Martín del termo bajo el brazo y la misma buena onda, el que te saluda con un abrazo honesto como si los años no pasaran.

¿QUIÉN ES MARTÍN KESMAN?

Se lo pregunté sin saber que, como si fuera una pelea de boxeo de esas que le encanta ver, ese era el guante de izquierda con el que lo iba a noquear. Hablar de la familia lo flaquea, y en los dos sentidos. Como hijo, Alberto no solo acompañó su carrera de chico. Sigue siendo el referente, el amigo, el confidente, el maestro, de quien todavía sigue aprendiendo y al que cuida como nadie.

Como padre, León es la persona que lo hizo cambiar su perspectiva de vida. El que lo hace reír, emocionar, crecer y amar como nunca había amado. Su voz se quebró. No había mate que le permitiera tragar el sentimiento que le genera verse en ese rol que siempre admiró y, que desde hace unos años, asume ahora en la vereda de enfrente.

LA HERENCIA

Muchos piensan que “ser el hijo de” abre muchas puertas, pero no hace milagros. Ayuda siempre y cuando uno quiera atravesarlas. Ayuda siempre y cuando uno después tenga la capacidad para construir un camino, después de esa luz que iluminó la entrada.

No es fácil trabajar en los medios del país; pero mucho menos es mantenerse. Con un contacto uno puede entrar, pero no perdurar por más de veinte años en radio y quince en televisión sin algún tipo de cualidad, sin responsabilidad o sin la parte humana de por medio.

En su caso, la vocación no solo está en su ADN. Es parte de su propia construcción, cariño y entrega. Hace tiempo que dejó la etiqueta de ser «el igualito a Alberto» para transformarse en Martín Kesman, dueño de una trayectoria presente reconocida y un futuro por delante que está en sus manos, pero también en su voz. Un tipo con códigos, amante y soldado de su familia, Agradecido al fútbol, pero sobre todo a la vida.

Conocé la otra cara del protagonista que le puso la firma al capítulo 6 de REC porque, como dice el dicho, lo que se hereda no se roba, pero sí se transforma.

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